Episodio 28: El mormonismo en la literatura


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Pesquisas Mormonas es un programa de audio. Está preparado para ser escuchado. Si el contenido es un ensayo con información proveniente de libros y otros artículos, el texto básico del programa va a ser incluido en el blog. Pero hay que tener en cuenta que la información en el blog NO ES LA INFORMACION COMPLETA y no incluye opiniones o aclaraciones.
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Mark Twain
Tal vez el autor más famoso que escribió acerca de los mormones, y cuyas citas son las más usadas para referirse al mormonismo, es Mark Twain. Considerado el mejor escritor en la historia de los Estados Unidos (consideración con la que estoy de acuerdo), Mark Twain escribió los clásicos “Tom Sawyer”, “Huckleberry Finn”, “El príncipe y el mendigo”, etc. Un viajante incansable, Twain, cuyo nombre real era Samuel Clemens, visitó Utah en su juventud, y escribió acerca de su experiencia en su libro Roughing It, “Pasando fatigas”. Las citas acerca de la iglesia son extensas, por las que no puedo incluirlas a todas, pero para dar una idea de su opinión acerca del mormonismo, cito algunos de los títulos de los capítulos en el mencinado libro:

Capítulo 13. Mormones y gentiles—Salt Lake City—Un gran contraste—Un vagabundo mormón—Charla con un santo—Una visita al “rey” (refiriéndose a Brigham Young)

Capítulo 14. Contratistas mormones—El caso presentado a Brigham Young, y cómo se lo sacó de encima—La poligamia vista desde una nueva posición

Capítulo 15. Una guarida gentil—Una charla sobre la poligamia—Esposa favorite e hija número cuatro—Un gallinero para esposas jubiladas—Costo de un regalo para número 6—

Capítulo 16. La biblia mormona—Pruebas de su divinidad—Plagio de sus autores

Del Libro de Mormón dice: “Todos los hombres han oído hablar de la Biblia Mormona, pero pocos, además de los" elegidos "la han visto, o al menos, tomado la molestia de leerla. Traje una copia de Salt Lake. El libro es una curiosidad para mí, es un asunto tan pretencioso, y a la vez tan "lento", tanto somnoliento, un lío insípido de inspiración. Es cloroformo impreso. Si José Smith compuso este libro, el acto fue un milagro - el que se mantuviera despierto mientras lo escribió fue, en todo caso, un milagro”.

De su encuentro con Brigham Young, escribió:

“Vimos la Casa del diezmo, y la ‘Casa del León’, y no sé o no recuerda cuántas iglesias y edificios gubernamentales de diversos tipos y con nombres curiosos. Nos revoloteaban de aquí para allá y disfrutamos de cada hora, y adquirimos una gran cantidad de información útil y de ridiculeces entretenidas, y nos fuimos a dormir satisfechos.

“El segundo día conocimos al Sr. Street (ya fallecido) y nos pusimos camisas blancas y fuimos y le dimos una visita de estado al rey. Parecía un caballero tranquilo, amable, simpático, digno, dueño de sí mismo, de cincuenta y cinco o sesenta años de edad, y tenía un arte gentil en su ojo, el cual probablemente pertenecía allí. Estaba simplemente vestido y se estaba sacando un sombrero de paja cuando entramos. Habló de Utah, y los indios, y Nevada, y cuestiones y preguntas generales americanas, con nuestra secretaria y algunos funcionarios del gobierno que vinieron con nosotros. Pero nunca me prestó ninguna atención, a pesar de que hice varios intentos de averiguar su opinión con respecto a la política federal y su alta actitud imparcial hacia el Congreso. Pensé que algunas de las cosas que dije estaban bastante bien. Pero él solo me miró de reojo, a intervalos distantes, algo que he visto hacer a un benigno gato viejo cuando miraba alrededor para ver qué gatito estaba molestándole la cola.

“Poco a poco me hundí en un silencio indignado, y así me senté hasta el final, enfadado y enrojecido, y considerándolo en mi corazón un salvaje ignorante. Pero él estaba tranquilo. Su conversación con esos señores fluía tan dulce y pacífica y musicalmente como cualquier riachuelo de verano. Cuando se terminó la entrevista y nos retiramos de su presencia, puso su mano sobre mi cabeza, me sonrió con admiración y le dijo a mi hermano:
“‘Ah-su hijo, supongo? Niño o niña?’”

Arthur Conan Doyle
Sir Arthur Ignatius Conan Doyle (22 de mayo de 1859, Edimburgo - 7 de julio de 1930, Crowborough) fue un médico y escritor escocés, creador del célebre detective de ficción Sherlock Holmes. Fue un autor prolífico cuya obra incluye relatos de ciencia ficción, novela histórica, teatro y poesía.

La novela detectivesca de Arthur Conan Doyle, “Estudio en escarlata” incluye una interpretacion de la iglesia mormona que causó controversia. Los mormones vieron el retrato de Danitas en el libro como muy errónea, siendo otro ejemplo del antagonismo anti-mormón en los medios de comunicación populares. Conan Doyle, según su hija, se había basado en lo publicado acerca de los mormones por ex-mormones (los historiadores creyen que se estaba refiriendo a autores tales como beFannie Stenhouse, William A. Hickman, William Jarman, John Hyde, y Ann Eliza Young), creyendo que esos relatos eran hechos reales. Conan Doyle visitó los Estados Unidos en 1923, y una parada en su gira de conferencias lo llevó a la Universidad de Utah, para dar conferencias sobre espiritualismo. Durante su estancia, recibió una carta de un doctor G. Hodgson Higgins, quien había formado sus impresiones del mormonismo en base a la interpretación en “Estudio en escarlata”, el cual "le dio la impresión de que el asesinato era una práctica común entre ellos", y quien sugirió que Conan Doyle "expresara su arrepentimiento por haber propagado falsedades sobre la Iglesia Mormona y su gente". Conan Doyle se negó a retirar lo que había escrito acerca de los danitas y los asesinatos, por considerar que se trataba de hechos históricos, pero dijo que su tratamiento en la novela era más "escabroso" de lo que lo hubiera sido en un libro de historia, y prometió que en el futuro sus representaciones de los santos de los últimos días se basarían en su experiencia de primera mano de ellos en su visita. Las representaciones de los mormones en la obra futura de Conan Doyle fueron mucho más compasivas.

“Estudio en escarlata” es el primer misterio que Sherlock debe resolver. En esta novela conoce a Watson, un doctor recién regresado de la Guerra quien renta una habitación en la casa del detective. Watson ofrece su ayuda a Sherlock, y el resto del libro es la historia de un crimen cometido en Utah por parte de los danitas, un ínfamo grupo de protectores de territorios mormones, organizado en los tiempo de José Smith con la función de ser sus guardavidas, pero que permaneció por mucho tiempo después de su muerte. En el futuro vamos a tener que hacer un episodio acerca de este grupo, ya que son una parte interesantísima de la historia de la iglesia. El siguiente es un capítulo de la novela donde uno de los personajes principales es visitado por Brigham Young.

Estudio en escarlata
Parte 2, capítulo 3

Tres semanas habían transcurrido desde la marcha de Jefferson Hope y sus compañeros.
Se entristecía el corazón de John Ferrier al pensar que pronto volvería el joven, arrebatándole su preciado tesoro. Sin embargo, la expresión feliz de la muchacha le reconciliaba mil veces más eficazmente con el pacto contraído que el mejor de los argumentos. Desde antiguo había determinado en lo hondo de su resuelta voluntad que a ningún mormón sería dada jamás la mano de su hija. Semejante unión se le figuraba un puro simulacro, un oprobio y una desgracia.

Mal acomodo y terrible peligro... Hasta los más santos entre los santos contenían el aliento antes de dar voz a su íntimo parecer en materia de religión, no fuera cualquier palabra, o frase mal comprendida, a atraer sobre ellos un rápido castigo. Los perseguidos de antaño se habían constituido a su vez en porfiados y crudelísimos perseguidores. Ni la Inquisición sevillana, ni la tudesca Vehmgericht, ni las sociedades secretas de Italia acertaron jamás a levantar maquinaria tan formidable como la que tenía atenazado al Estado de Utah.

La organización resultaba doblemente terrible por sus atributos de invisibilidad y misterio. Todo lo veía y podía, y sin embargo escapaba al ojo y al oído humanos. Quien se opusiera a la Iglesia, desaparecía sin dejar rastro ni razón de sí. Mujer e hijos aguardaban inútilmente el retorno del proscrito, cuya voz no volvería a dejarse oír de nuevo, ni siquiera en anuncio de la triste sentencia que los sigilosos jueces habían pronunciado.

Una palabra brusca, un gesto duro, eran castigados con la muerte. Ignoto, el poder aciago gravitaba sobre todas las existencias. Comprensible era que los hombres vivieran en terror perpetuo, sellada la boca y atada la lengua lo mismo en poblado que en la más rigurosa de las soledades.

En un principio sufrieron persecución tan sólo los elementos recalcitrantes, aquellos que, habiendo abrazado la fe de los mormones, deseaban abandonarla o pervertirla. Pronto, sin embargo, aumentó la multitud de las víctimas. Eran cada vez menos las mujeres adultas, grave inconveniente para una doctrina que proponía la poligamia.

Comenzaron a circular extraños rumores sobre emigrantes asesinados y salvajes saqueos ocurridos allí donde nunca, anteriormente, había llegado el indio. Mujeres desconocidas vinieron a nutrir los serrallos de los Ancianos, mujeres que lloraban y languidecían, y llevaban impresas en el rostro las señales de un espanto inextinguible. Algunos caminantes, rezagados en las montañas, afirmaban haberse cruzado con pandillas de hombres armados y enmascarados, en sigilosa y rápida peregrinación al amparo de las sombras. Tales historias y rumores fueron adquiriendo progresivamente cuerpo y confirmación, hasta concretarse en título y expresión definitivos. Incluso ahora, en los ranchos aislados del Oeste, el nombre de «La Banda de los Danitas», o «Los Ángeles Vengadores», conserva resonancias siniestras.

El mayor conocimiento de la organización que tan terribles efectos obraba, tendió antes a magnificar que a disimular el espanto de las gentes. Imposible resultaba saber si una persona determinada pertenecía a Los Ángeles Vengadores. Los nombres de quienes tomaban parte en las orgías de sangre y violencia perpetradas bajo la bandera de la religión eran mantenidos en riguroso secreto. Quizá el amigo que durante el día había escuchado ciertas dudas referentes al Profeta y su misión se contaba por la noche entre los asaltantes que acudían para dar cumplimiento al castigo inmisericorde y mortal. De este modo, cada cual desconfiaba de su vecino, recatando para sí sus más íntimos sentimientos.
Una hermosa mañana, cuando estaba a punto de partir hacia sus campos de trigo, oyó John Ferrier el golpe seco del pestillo al ser abierto, tras de lo cual pudo ver, a través de la ventana, a un hombre ni joven ni viejo, robusto y de cabello pajizo, que se aproximaba sendero arriba. Le dio un vuelco el corazón, ya que el visitante no era otro que el mismísimo Brigham Young. Lleno de inquietud ––pues nada bueno presagiaba semejante encuentro–– Ferrier acudió presuroso a la puerta para recibir al jefe mormón.

Este último, sin embargo, correspondió fríamente a sus solicitaciones, y, con expresión adusta, le siguió hasta el salón.

––Hermano Ferrier ––dijo, tomando asiento y fijando en el granjero la mirada a través de las pestañas rubias––, los auténticos creyentes te han demostrado siempre bondad. Fuiste salvado por nosotros cuando agonizabas de hambre en el desierto, contigo compartimos nuestra comida, te condujimos salvo hasta el Valle de los Elegidos, recibiste allí una generosa porción de tierra y, bajo nuestra protección, te hiciste rico. ¿Es esto que digo cierto?

––Lo es ––repuso John Ferrier.

––A cambio de tantos favores, no te pedimos sino una cosa: que abrazaras la fe verdadera, conformándote a ella en todos sus detalles. Tal prometiste hacer, y tal, según se dice, desdeñas hacer.

––¿Es ello posible? ––preguntó Ferrier, extendiendo los brazos en ademán de protesta––. ¿No he contribuido al fondo común? ¿No he asistido al Templo? ¿No he..?

––¿Dónde están tus mujeres? ––preguntó Young, lanzando una ojeada en derredor––. Hazlas pasar para que pueda yo presentarles mis respetos.

––Cierto es que no he contraído matrimonio ––repuso Ferrier––. Pero las mujeres eran pocas, y muchos aquellos con más títulos que yo para pretenderlas. Además, no he estado solo: he tenido una hija para cuidar de mí.

––De ella, precisamente, quería hablarte ––dijo el jefe de los mormones––. Se ha convertido, con los años, en la flor de Utah, y ahora mismo goza del favor de muchos hombres con preeminencia en esta tierra.

John Ferrier, en su interior, dejó escapar un gemido.

––Corren rumores que prefiero desoír, rumores en torno a no sé qué compromiso con un gentil.
Maledicencias, supongo, de gente ociosa. ¿Cuál es la decimotercera regla del código legado a nosotros por Joseph Smith, el santo? «Que toda doncella perteneciente a la fe verdadera contraiga matrimonio con uno de los elegidos: pues si se uniera a un gentil, cometería pecado nefando.» Siendo ello así, no es posible que tú, que profesas el credo santo, hayas consentido que tu hija lo vulnere.
Nada repuso John Ferrier, ocupado en juguetear nerviosamente con su fusta.

––Por lo que en torno a ella resuelvas, habrá de medirse la fortaleza de tu fe. Tal ha convenido el Sagrado Consejo de los Cuatro. Tu hija es joven: no pretendemos que despose a un anciano, ni que se vea privada de toda elección. Nosotros los Ancianos poseemos varias novillas, mas es fuerza que las posean también nuestros hijos.

Stangerson tiene un hijo varón, Drebber otro, y ambos recibirían gustosos a tu hija en su casa. Dejo a ella la elección... Son jóvenes y ricos, y profesan la fe verdadera. ¿Qué contestas?
Ferrier permaneció silencioso un instante, arrugado el entrecejo.

––Concédeme un poco de tiempo ––dijo al fin––. Mi hija es muy joven, quizá demasiado para tomar marido.

––Cuentas con un plazo de un mes ––dijo Young, enderezándose de su asiento––. Transcurrido éste, habrá de dar la chica una respuesta.
Estaba cruzando el umbral cuando se volvió de nuevo, el rostro encendido y centelleantes los ojos:

––¡Guárdate bien, John Ferrier ––dijo con voz tonante––, de oponer tu débil voluntad a las órdenes de los Cuatro Santos, porque en ese caso sentiríais tu hija y tú no yacer, reducidos a huesos mondos, en mitad de Sierra Blanco!

Con un amenazador gesto de la mano soltó el pomo de la puerta, y Ferrier pudo oír sus pasos desvaneciéndose pesadamente sobre la grava del sendero.

Julio Verne
Jules Gabriel Verne (nacido en Nantes el 8 de febrero de 1828 y fallecido en Amiens, 24 de marzo de 1905), conocido en los países de lengua española como Julio Verne, fue un escritor francés de novelas de aventuras.

Considerado uno de los padres de la ciencia ficción, es el segundo autor más traducido de todos los tiempos, después de Agatha Christie, con 4.185 traducciones. Predijo con gran exactitud en sus relatos fantásticos la aparición de algunos de los productos generados por el avance tecnológico del siglo XX, como la televisión, los helicópteros, los submarinos o las naves espaciales. Fue condecorado con la Legión de Honor por sus aportes a la educación y a la ciencia.

La Vuelta al Mundo en 80 Días es el relato de las aventuras de Phileas Fogg y su sirviente Picaporte cuando ambos se embarcan a cumplir con la hipótesis y la apuesta de que era posible dar la vuelta al mundo en 80 días.

El tratamiento de los mormones es bastante justo. Habla de hechos históricos, como el anexamiento del territorio de Utah a los Estados Unidos, el encarcelamiento de Brigham Young, y el tema de la poligamia, el cual es tratado de manera más bien tolerante. La parte más interesante para mí es que los viajantes paran en Ogden, la ciudad donde he estado viviendo por los últimos 8 años, y, en mi opinión, una de las ciudades más interesantes en Utah. Jack Keruack, en el clásico “On the Road” también habla acerca de su paso por la ciudad, y según un cartel en la calle 25, la calle más histórica de la ciudad, Al Capone visitó la ciudad y caminó por la famosa calle. Ogden también fue el hogar de Brigham Young por un tiempo, y está muy cerca del condado donde el presidente McKay nació.
Pero volviendo a la historia, presten atención al final del capítulo, ya que es mi parte favorita de este episodio.

La vuelta al mundo en 80 días

Durante la noche del 5 al 6 de noviembre, el tren corrió al Sureste sobre un espacio de unas cincuenta millas, y luego subió otro tanto hacia el Nordeste, acercándose al Gran Lago Salado.
Picaporte, hacia las nueve de la mañana, salió a tomar aire a los pasadizos. El tiempo estaba frío y el cielo cubierto, pero no nevaba. El disco del sol, abultado por las brumas, parecía como una enorme pieza de oro, y Picaporte se ocupaba en calcular su valor en piezas esterlinas, cuando le distrajo de tan útil trabajo la aparición de un personaje bastante extraño.

Este personaje, que había tomado el tren en la estación de Elko, era hombre de elevada estatura, muy moreno, de bigote negro, pantalón negro, corbata blanca, guantes de piel de perro. Parecía un reverendo. Iba de un extremo al otro del tren, y en la portezuela de cada vagón pegaba con obleas una noticia manuscrita.

Picaporte se acercó y leyó en una de esas notas que el honorable Willam Hitsch, misionero mormón, aprovechando su presencia en el tren número 48, daría de once a doce, en el coche número 117, una conferencia sobre el mormonismo, invitando a oírla a todos los caballeros deseosos de instruirse en los misterios de la religión de los "Santos de los últimos días".

Picaporte, que sólo sabía del mormonismo sus costumbres polígamas, base de la sociedad mormónica, se propuso concurrir.

La noticia se esparció rápidamente por el tren, que llevaba un centenar de pasajeros. Entre ellos, treinta lo más, atraídos por el cebo de la conferencia, ocupaban a las once las banquetas del coche número 117, figurando Picaporte en la primera fila de los fieles. Ni su amo ni Fix habían creído conveniente molestarse.

A la hora fijada, el hermano William Hitch, se levantó, y con voz bastante irritada, como si de antemano le hubieran contradicho, exclamó:

-¡Os digo yo que Joe Smith es un mártir, que su hermano Hyram es un mártir, y que las persecuciones del gobierno de la Unión contra los profetas van a hacer también un mártir de Brigham Young!
¿Quién se atrevería a sostener lo contrario al misionero, cuya exaltación era un contraste con su fisonomía, de natural sereno? Pero su cólera se explicaba, sin duda, por estar actualmente sometido el mormonismo a trances muy duros. El gobierno de los Estados Unidos acababa de reducir, no sin trabajo, a estos fanáticos independientes. Se había hecho dueño de Utah, sometiéndolo a las leyes de la Unión, después de haber encarcelado a Brigham Young, acusado de rebelión y de poligamia. Desde aquella época los discípulos del profeta redoblaron sus esfuerzos, y aguardando los actos, resistían con la palabra las pretensiones del Congreso.

Como se ve, el hermano William Hitch hacía prosélitos hasta en el ferrocarril.

Y entonces refirió, apasionando su relación con los raudales de su voz y la  violencia de sus ademanes, la historia del mormonismo, desde los tiempos bíblicos: "Cómo en Israel, un profeta mormón, de la tribu de José, publicó los anales de la nueva religión y los legó a su hijo mormón; cómo, muchos siglos más tarde, una traducción de ese precioso libro, escrito en caracteres egipcios, fue hecha por José Smith hijo, colono del estado de Vermont, que se reveló como profeta místico en 1825; cómo, por último, le apareció un mensajero celeste, en una selva luminosa, y le entregó los anales del Señor".

En aquel momento, algunos oyentes, poco interesados por la relación retrospectiva del misionero, abandonaron el vagón; pero William Hitch, prosiguiendo, refirió "cómo Smith junior, reuniendo a su padre, a sus dos hermanos y algunos discípulos, fundó la religión de los Santos de los últimos días, religión que, adoptada no tan sólo en América, sino en Inglaterra, Escandinavia y Alemania, cuenta entre sus fieles, no sólo artesanos, sino muchas personas que ejercen profesiones liberales; cómo una colonia fue fundada en el Ohio; cómo se edificó un templo, gastando doscientos mil dólares, y cómo se construyó una ciudad en Kirkand; cómo Smith llegó a ser un audaz banquero y recibió de un simple exhibidor de momias un papiro, que contenía la narración escrita de mano de Abrdhán y otros célebres egipcios.

Como esta historia se iba haciendo un poco larga, las filas de oyentes se fueron aclarando, y el público ya no quedaba reducido más que a unas veinte personas.

Pero el hermano, sin dársele cuidado por esta deserción, refirió con detalles "cómo Joe Smith quebró en 1837; cómo los arruinados accionistas le embrearon y emplumaron; cómo se le volvió a ver, más honorable y más honrado que nunca, algunos años después, en Independence en el Missouri, y jefe de una comunidad floreciente, y que no contaba menos de tres mil discípulos, y entonces perseguido por el odio de los gentiles, tuvo que huir al "Far West americano".

Todavía quedaban diez oyentes, y entre ellos el buen Picaporte, que era todo oídos. Así supo "cómo, después de muchas persecuciones, Smith apareció en lllinois y fundó, en 1839, a orillas del Mississippi, Nauvoo-la Bella, cuya población se elevó hasta veinticinco mil almas; cómo Smith fue su alcalde, juez supremo y general en jefe; cómo en 1843 se presentó a candidato a la presidencia de los Estados Unidos, y cómo, por último, atraído a una emboscada en Cartago, fue encarcelado y asesinado por una banda de hombres enmascarados".

Entonces ya no había quedado más que Picaporte en el vagón, y el hermano mayor, mirándole de hito en hito, fascinándole con sus palabras, le recordó que dos años después del asesinato de Smith, su sucesor el profeta inspirado, Brigham Young, abandonando a Nauvoo, fue a establecerse a las orillas del Lago Salado, y allí, en aquel admirable territorio, en medio de una región fértil, en el camino que los emigrantes atraviesan para ir a California, la nueva colonia, gracias a los principios de la poligamia del mormonismo, tomó enorme extensión.

-¡Y por eso -añadió William Hitch-, por eso la envidia del Congreso se ha ejercitado contra nosotros! ¡Por eso los soldados de la Unión han pisoteado el suelo de Utah! ¡Por eso nuestro jefe, el profeta Brigham Young, ha sido preso con menosprecio de toda justicia! ¿Cederemos a la fuerza? ¡Jamás! Arrojados de Vermont, arrojados de Illinois, arrojados de Ohio, arrojados de Missouri, arrojados de Utah, ya encontraremos algún territorio independiente, donde plantar nuestra tienda... Y vos, adicto mío -añadió el hermano, fijando sobre su único oyente su enojada mirada-, ¿plantaréis la vuestra a la sombra de nuestra bandera?

No -respondió con valentía Picaporte, que huyó a su vez, dejando al energúmeno predicar en el desierto.

Pero, durante esta conferencia, el tren había marchado con rapidez, y a cosa de mediodía tocaba en la punta Noroeste del Gran Lago Salado. . .

A las dos, los viajeros se apeaban en la estación de Odgen. El tren no debía marchar hasta las seis. Mister Fogg, mistress Aouida y sus dos compañeros tenían, por consiguiente, tiempo para ir a la Ciudad de los Santos, por un pequeño ramal que se destaca de la estación de Odgen. Dos horas bastaban apenas para visitar esa ciudad completamente americana, y como tal, construida por el estilo de todas las ciudades de la Unión; vastos tableros de largas líneas monótonas, con la tristeza lúgubre de los ángulos rectos, según la expresión de Víctor Hugo. El fundador de la Ciudad de los Santos, no podía librarse de esa necesidad de simetría que distingue a los anglosajones. En este singular país, donde los hombres no están, ciertamente, a la altura de las instituciones, todo se hace cuadrándose; las ciudades, las casas y las tolderías. . .

Mister Fogg y sus compañeros no encontraron la ciudad muy poblada. Las calles estaban casi desiertas, salvo la parte del templo, adonde no llegaron sino después de atravesar algunos barrios cercados de empalizadas. Las mujeres eran bastante numerosas, lo cual se explica por la composición singular de las familias mormonas. No debe creerse, sin embargo, que todos los mormones son polígamos. Cada cual es libre de hacer sobre este particular lo que guste; pero conviene observar lo que son las ciudadanas del Utah, las que tienen especial empeño en ser casadas, porque, según la religión del país, el cielo mormón no admite a la participación de sus delicias a las solteras. Estas pobres criaturas no parecen tener existencia holgada ni feliz. Algunas, las más ricas sin duda, llevaban un jubón de seda negro, abierto en la cintura, bajo una capucha o chal muy modesto. Las otras no iban vestidas más que de indiana.

Picaporte, en su cualidad de soltero por convicción, no miraba sin cierto espanto a esas mormonas, encargadas de hacer, entre muchas, la felicidad de un solo mormón. En su buen sentido, de quien se compadecía más era del marido. Le parecía terrible tener que guiar tantas damas a la vez por entre las vicisitudes de la vida, conduciéndolas así, en tropel, hasta el paraíso mormónico, con la perspectiva de encontrarlas allí, para la eternidad, en compañía del glorioso Smith, que debía ser ornamento de aquel lugar de delicias. Decididamente, no tenía vocación para eso, y le parecía, tal vez equivocándose, que las ciudadanas de Great-Lake-City dirigían a su persona miradas algo inquietantes.

Por fortuna, su residencia en la Ciudad de los Santos, no debía prolongarse. A las cuatro menos algunos minutos, los viajeros se hallaban en la estación y volvían a ocupar su asiento en los vagones.
Dióse el silbido; pero cuando las ruedas de la locomotora, patinando sobre las vías, comenzaban a imprimir alguna velocidad al tren, resonaron estos gritos: ¡Alto! ¡Alto!

No se para un tren en marcha, y el que profería esos gritos era, sin duda, algún mormón rezagado. Corría desalentado, y afortunadamente para él no había en la estación puertas ni barreras. Se lanzó a la vía, saltó al estribo del último coche, y cayó sin aliento sobre una de las banquetas del vagón.
Picaporte, . . . vino a contemplar al rezagado, a quien cobró vivo interés al saber que se escapaba a consecuencia de una reyerta de familia.

Cuando el mormón recobró el aliento, Picaporte se aventuró a preguntarle cortésmente cuántas mujeres tenía para él solo, y del modo con que venía escapado le suponía una veintena, al menos.
-¡Una, señor! -contestó el mormón, elevando los brazos al cielo-, ¡una y es más que suficiente! 

Charles Dickens
Charles Dickens (7 de febrero de 1812 –9 de junio de 1870) fue un famoso novelista inglés, uno de los más conocidos de la literatura universal, y el principal de la era victoriana. Fue maestro del género narrativo, al que imprimió ciertas dosis de humor e ironía, practicando a la vez una aguda crítica social. En su obra destacan las descripciones de gente y lugares, tanto reales como imaginarios. Escribió, entre otras, las novelas “David Copperfield”, “Oliver Twist”, “Historia de dos ciudades”, “Nicholas Nickleby”, y “Un Cuento de Navidad”.

El tratamiento de los mormones en uno de sus ensayos en el libro “El viajero son propósito comercial” es bastante alagador, y los considera una gente sana, fuerte, trabajadora, y sumamente organizada.

El viajero sin propósito comercial
(Traducción: http://mormosofia.wordpress.com/2012/01/02/el-viajero-no-comercial-por-charles-dickens/)
Lugar: Los muelles de Londres sobre el río Támesis.
El barco: El “Amazon”
Fecha: 4 de Junio 1863
Los Emigrantes: Cierta gente peculiar conocida como Mormones.

“Abordo mi barco de emigrantes… Nadie está de mal humor, nadie se encuentra bebido, nadie maldice o utiliza un lenguaje grosero, nadie parece estar deprimido, nadie llora, y a lo largo de la cubierta, en cada rincón donde es posible hallar algunos pies de superficie para arrodillarse, agacharse o recostarse, las personas, en las posturas más incómodas para escribir que puedan imaginar, están escribiendo cartas.

Ahora bien, he visto naves de emigrantes antes de este día de Junio. Pero esta gente es tan sorprendentemente diferente de cualquier otra en iguales circunstancias que jamás haya observado, que no puedo evitar preguntarme en voz alta, ‘¡qué podría pensar un extraño sobre estos emigrantes!’
El rostro alegre y vigilante del capitán del Amazon, tostado por el clima, aparece sobre mi hombro y dice: ‘¡Por cierto! La mayoría de ellos subieron a bordo ayer por la tarde. Vienen de diferentes regiones de Inglaterra en pequeños grupos que jamás se habían visto con anterioridad. Sin embargo, un par de horas después ya habían establecido su propia policía, ordenado sus propias reglas, y organizado sus propias rondas a lo largo de todas las escotillas. Antes de las nueve el barco estaba tan ordenado y tranquilo como un buque de guerra.’

‘Un extraño quedaría perplejo al averiguar el nombre de esta gente, Sr. Viajero’ dice el capitán

“¡Ciertamente!’

‘Si usted no lo supiera ¿podría haberlo imaginado?’

‘¿Cómo podría suponerlo? Hubiese dicho que, entre los de su clase, eran la flor y nata de Inglaterra’

‘Lo mismo me ocurriría a mí’, dice el capitán

‘¿Cuántos son?’

‘En números redondos, ochocientos…’

‘¿Ochocientos qué? ¿Gansos, villanos?’

‘OCHOCIENTOS MORMONES’.

Yo, Viajero No Comercial de la firma de Hermanos del Interés Humano, había abordado esta nave de emigrantes para ver cómo eran ochocientos Santos de los Ultimos Días, y los encontré (en contra de todas mis expectativas) del modo que ahora describo con escrupulosa exactitude.

Me señalaron al Agente Mormón que había estado activo organizándolos y haciendo el contrato con mis amigos, los propietarios del barco, para llevarlos hasta Nueva York como parte de su viaje al Gran Lago Salado. Un hombre bien parecido, robusto y bajo, vestido de negro, con abundante cabello y barba, y ojos castaños claro. Por su acento lo identifiqué como Americano.  Probablemente un hombre que había visto mucho mundo. Un hombre de modales francos y abiertos y apariencia vigorosa; con todo, una persona de gran vivacidad. Creo que ignoraba por completo mi individualidad No Comercial y, en consecuencia, mi importancia No Comercial.

Viajero. ‘Es un buen grupo de gente el que ha reunido aquí’.

Agente Mormón. ‘Sí, señor, un muy buen grupo de gente’.

Viajero (mirando en derredor). ‘De hecho, creo que sería difícil hallar otros ochocientos en otro lugar con tanta belleza, fortaleza y capacidad para trabajar entre ellos’

Agente Mormón (sin mirar a su alrededor sino directamente al Viajero). ‘Así es. Ayer enviamos otros mil, desde Liverpool…’

De entre todos los agradables y hermosos niños, sólo observé a dos con marcas en sus cuellos que podrían haber sido de tuberculosis. De todo el número completo de emigrantes solamente una mujer mayor había sido aislada temporalmente por el doctor, sospechada de tener fiebre; pero aún ella obtuvo luego un certificado de buena salud…

Supe más tarde que el capitán había enviado un informe a la costa, antes de internarse en el amplísimo Atlántico, encomiando la conducta de estos emigrantes así como el perfecto orden y propiedad de su organización social. Qué habrá en el futuro de esta pobre gente en las orillas del Gran Lago Salado,  qué falsas ilusiones abrigan ahora, en qué miserable ceguedad se abrirán luego sus ojos, no pretendo saberlo. Subí al barco para testificar contra ellos si lo merecían, cosa de la cual estaba completamente convencido; para mi sorpresa, fue lo contrario; y mis predisposiciones y tendencias no deben afectarme como testigo honesto. Abandoné el Amazon sintiendo que era imposible negar que alguna influencia extraordinaria ha producido un resultado extraordinario, que influencias más conocidas a menudo no consiguen.”

Robert Louis Stevenson
Robert Louis Balfour Stevenson (13 de noviembre de 1850 - 3 de diciembre de 1894) fue un novelista, poeta y ensayista escocés. Stevenson, que padecía de tuberculosis, solo llegó a cumplir 44 años; sin embargo, su legado es una vasta obra que incluye crónicas de viaje, novelas de aventuras e históricas, así como lírica y ensayos. Se le conoce principalmente por ser el autor de algunas de las historias fantásticas y una de las aventuras más clásicas de la literatura juvenil, “La isla del tesoro”.
La caracterización de los mormones por parte de Stevenson es muy negativa, y los ve como a una gente engañosa, peligrosa, inescrupulosa, etc. Esta historia está obviamente basada en la novela de Arthur Conan Doyle que mencionamos anteriormente, e incluye una parte poco convincente acerca de un doctor que crea una pócima para hacerlo joven nuevamente, lo cual nos recuerda a su otra novela con elementos de ciencia ficción, “El extraño caso del doctor Jeckyl y mister Hyde”.
Tal vez Stevenson tuvo motivos para sentirse hostil contra los mormones. Stevenson pasó los últimos años de su vida en Samoa, un lugar que llegó a amar y del que se sintió que debía proteger. Cuando sintió que las autoridades de la iglesia se estaban aprovechando de los samoanos, Stevenson hizo lo que pudo para criticar a la iglesia en su propia manera.

Historia del angel exterminador

 La narradora, Asenath, cuenta la historia de su padre, el señor Fonblanque, quien encuentra a un grupo de viajantes en algún lugar del oeste americano. Los viajantes se ven hambrientos y condenados a una muerte casi definitiva. Entre los viajantes había una muchacha que le llamó la atención. La muchacha eventualmente se casó con Fonblanque una vez que él llega con ella a Utah. Una vez allí, sus negocios prosperan, aunque él y su esposa se sienten amenazados por los “angeles vengadores”, otro nombre para los danitas, quienes, supuestamente bajo mando de la iglesia, estaban interesados en su fortuna.

Cerca de su casa vivía un polígamo doctor, Grierson, quien vivía rodeado de misterio y de rechonchas y antipáticas esposas. Cuando Fonblanque debió viajar a causa de una grave enfermedad, Asenath fue enviada a la casa del doctor. Una vez allí, y a pesar de ser las tres de la mañana, vio a una figura correr de la casa después de escuchar una fuerte explosión. Asenath y su cochero volvieron rápidamente a la casa vacía de su padre.

Años después de este incidente, Fonblanque recibió una carta detallando todo cuanto poseía, a pesar de que él había tratado de ocultarlo, y confiesa su temor de que la iglesia no solamente va a apoderarse de sus propiedades, sino que él va a ser asesinado. Stevenson lo describe ‘de la siguiente manera:

“‘La iglesia espera una prueba de bondad de un creyente a quien la Providencia ha favorecido tan pródigamente con los bienes de este mundo’.

“Mi madre, una vez terminada la lectura, dijo:

“—¿Estas son las palabras que te amedrentan? ¿Es de aquí de donde nace tu ansiedad?

“—Lucía—respondió mi padre—. ¿Te acuerdas de Pirestley? Dos días antes de desaparecer, llevóme a un lugar aislado desde el que se dominaban grandes extensiones de tierra. Aquel lugar era a propósito para estar seguro de quedar libre de espías.

Pirestley, lleno de terror, me refirió su historia. Había recibido una carta parecida a esta que yo he recibido ahora y me consultaba sobre el particular. Pensaba ofrecer el tercio de su fortuna, pero yo le aconsejé que, si tenía aprecio a la vida, ofreciera más. Estuvo de acuerdo en doblar la suma. Dos días después, salió de su casa una noche y nunca más volvió a ella.”

Después de un intento fallido de escapar de la región, el padre recibió un llamamiento como misionero, o, alternativamente, un llamamiento como uno de los Angeles Exterminadores con quienes debía matar a un grupo de inmigrantes alemanes. El padre rechazó ambos llamamientos, pero aceptó partir con el mensajero, después de lo cual desapareció por varios días. El doctor Grierson, vecino de la familia, se presentó para anunciar que el padre había fallecido. La madre acusó al doctor de haber ejecutado a su esposo, a lo cual el doctor respondió que no tenía alternativa, ya que los lideres de la iglesia sabían todo lo que sucedía entre sus miembros, pero le dio la opción de mudarse a su mansión y de que Asenath se conviertiera en su nueva esposa. La madre, asqueada, aceptó la propuesta, ya que reconocía que no había otra mejor opción para su familia. Cuando Asenath se acercó a la casa del doctor, éste le confesó que años atrás la había asustado y a su cochero cuando un accidente hizo que se quemara terriblemente. Una vez en la casa, la madre decidió morir usando una de las máquinas de muerte del doctor, y a pesar del extremo sufrimiento de Asenath al contemplar esta escena, el doctor actuó como si esto fuera algo completamente normal. El doctor le ofreció a la muchacha un destino mejor que la de casarse con él y que la que sufrieron sus padres: enviarla a Inglaterra para casarse con uno de sus hijos. Asenath aceptó. Durante el viaje, Asenath se dio cuenta que “el ojo Mormón” la estaba observando.

Después de varios meses esperando a su novio, Asenath se desmaya al ver al dr. Grierson aparecer en la casa. Después de recuperarse, el doctor le confiesa que el hijo prometido es en realidad él mismo, pero al no encontrar un elemento necesario para una poción en la que había estado trabajando desde joven, no pudo enjuvenecerse antes de visitarla pretendiendo ser el hijo. El doctor siguió visitándola y contándole cosas que ella consideraba repugnante, aparentemente refiriéndose a sus experimentos, hasta que un día le dijo que había conseguido el ingrediente faltante. Al encontrarse con un misionero mormón compasivo, la muchacha pudo contactarse con su familia y planear un escape de regreso a los Estados Unidos. Después de ser testigo de otro fallido experimento por parte del doctor que causó una explosión espectacular, la muchacha finalmente huyó.

George Bernard Shaw
George Bernard Shaw (Dublín, 26 de julio de 1856 – 2 de noviembre de 1950) fue un escritor irlandés, ganador del Premio Nobel de literatura en 1925. Escribió obras de teatro, entre ellas Pigmalión, novelas, cuentos, ensayos, etc. Con Pigmalión ganó el Oscar en 1938 por mejor guión adaptado.

Fue un socialista notable, destacado miembro de la Sociedad Fabiana, que buscaba la transformación de la sociedad a través de métodos no revolucionarios.
Shaw se preocupó por las incoherencias en la escritura de la lengua inglesa, a tal grado de que en su testamento destinó una parte de sus bienes a la creación de un nuevo alfabeto fonético para el inglés. Esto es interesante, ya que Brigham Young tuvo el mismo plan, y lo llevó parcialmente a cabo al crear el alfabeto de Deseret, aunque no tuvo mucho éxito.

Hombre y superhombre

A la poligamia, cuando se intenta bajo las modernas condiciones democráticas, como la han intentado los mormones, la destruye la rebelión de la masa de hombres inferiores a quienes condena al celibato; porque el instinto materno lleva a una mujer a preferir la décima parte de un hombre de primera clase, a la exclusiva posesión de un hombre de tercera. No se ha intentado aun la poliandria en esas condiciones.

Explicación: El único problema con la poligamia es que los hombres que no tienen mucho que ofrecer se quedarían solos. Cualquier mujer prefieriría compartir a un hombre de primera que tener para sí misma a uno de tercera.

Tom Clancy
Thomas Leo Clancy Jr. (Annapolis, 12 de abril de 1947), conocido como Tom Clancy, es un escritor estadounidense de novelas policíacas de tema político, en un contexto de inteligencia militar.
Michael Austin, crítico literario mormón, opina que “. . .la representación al final del siglo 20, en las obras de escritores desde Tom Clancy hasta Tony Kushner, [es] el de personas que son "hiperobedientes, patrióticos, conservadores, y, con toda probabilidad, sexualmente reprimidos" (http://mldb.byu.edu/austin01.htm ).

La caza del octubre rojo

El capitán Randall Tait, del Cuerpo Médico Naval, avanzó por el corredor para encontrarse con los rusos. Parecía más joven que los cuarenta y cinco años que tenía porque en toda su cabeza cubierta de pelo negro no había el menor signo de canas. Tait era mormón, educado en la Universidad Brigham Young y en la Escuela de Medicina de Stanford, y había ingresado en la Marina porque quería ver el mundo mejor de lo que se podía desde una oficina al pie de las Montañas Wasatch. Su deseo se había cumplido y, hasta ese día, había podido evitar todo aquello que tuviera algún parecido con el servicio diplomático. Como nuevo jefe del Departamento de Medicina en el Centro Médico Naval de Bethesda, él sabía que aquello no podía durar.

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Siendo mormón, Tait evitaba todo lo que tuviera cafeína -café, té, hasta bebidas colas- y aunque ese tipo de autodisciplina era poco frecuente en un médico, y menos en un oficial uniformado, él apenas pensaba en ello, excepto en raras ocasiones, cuando señalaba los beneficios en materia de longevidad que eso significaba para sus hermanos de práctica. Tait bebió su leche y se afeitó en el cuarto de baño, saliendo de allí listo para afrontar otro día.

Comentarios

  1. Pero hay tantos otros! John Greenleaf Whittier, Horace Greeley (2x), Nathaniel Hawthorne (2x), Zane Grey (5x!), Jack London (2x), Dickens (mas 2 veces), Verne (otra vez), Richard Burton (2x), Ralph Waldo Emerson, Rudyard Kipling (2x), Arthur Conan Doyle (otra vez), Fredrich Nitsche, Jon Stuart Mill, William James, John Quincy Adams (nieto) entre otros...

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  2. Es cierto, pero como aclare en el programa, este es solo un pequeno sampler de los autores mas famosos en Latino America. Ademas, es todo lo que pude incluir en un programa de una hora!

    Gracias por compartir

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